Un artículo del Dr. Eloy Ortiz Cachero, Médico en Residencia Sierra del Cuera
Escribía recientemente que una ciudadanía activa, término utilizado por el profesor Gonzalo Berzosa, sólo es posible cuando el ser humano puede seguir desarrollando su proyecto de vida desde la autonomía decisoria y participando activamente en la sociedad en la que vive. En este sentido la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2002) sustenta en tres pilares el cumplir años saludablemente: la salud, la participación y la seguridad.
Y ¿qué ocuparía el área de ese triángulo equilátero? Sin duda, la autonomía interdependiente, ya que todos necesitamos de los demás para sobrevivir. Pues bien, voy a plantear mi reflexión en el lado del triángulo en el que se encuentra incluida la salud psíquica y más concretamente, en los desencadenantes y consecuencias que se producen en la incertidumbre.

Es cierto que vivir sin incertidumbres no es posible, ya que la vida por sí misma nos genera diferentes y variados desasosiegos. Frecuentemente, pensamos que nada se puede cambiar. Sin embargo, me reafirmo en que esta manera de pensar que nos lleva de la mano a la inacción, no es real.
Efectivamente, aunque el pasado es inamovible, el futuro si se puede cambiar. En este sentido, viene como “anillo al dedo” la acertada frase del director cinematográfico Woody Allen cuando escribe: “me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida”. No obstante, es comprensible la preocupación de las personas cuando el futuro cercano está cubierto de nubarrones.
Cuando se trabaja desde la honestidad, el compromiso, la responsabilidad, la generosidad, el coraje, el rigor, la empatía y la pasión, a todos nos satisface recibir reconocimiento. Pero cuando este se hace con palabras… Las palabras las suele llevar el viento.
Me parece más verídico y sincero el agradecimiento a través de los hechos, porque estos perduran en el tiempo y le hacen más reconocible. Debemos ejercitarnos en el arte de la gratitud y mostrarla y demostrarla a quienes se dejan la piel por cuidar a otros seres humanos. Hay que estar agradecidos a aquellos que siempre están presentes, independientemente de la situación.
Pero, ¿cómo nos transmiten los otros las emociones? y ¿cómo hacemos llegar a los otros nuestras emociones? Utilizando la famosa fórmula propuesta por Víctor Küppers, puedo decir que nuestros conocimientos suman, las habilidades que poseemos suman, pero la actitud multiplica.
Está claro que nuestros conocimientos y nuestras habilidades nos ayudan, pero es nuestra actitud la que nos protege en la incertidumbre, lo cual es una gran ventaja porque siempre podemos elegir nuestra actitud. Esa libertad nos pertenece y nadie nos la puede arrebatar. Es pues, nuestra manera de actuar la que nos posibilita sobreponernos a las crisis de nuestra existencia y a la falta de certidumbre que aquellas generan.
Me parecen muy oportunas en este momento las palabras del sociólogo y escritor estadounidense Alvin Toffler: “los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino quienes no sepan aprender a desaprender para reaprender”.
Constantemente se postula que lo más importante en las organizaciones son las personas (los llamados clientes internos y clientes externos). Sin embargo, y esta es una apreciación muy pero que muy personal, creo que en muchas ocasiones, se ve a las personas como “cuentas de resultados: costes versus beneficios”. En estos casos, desafortunadamente no importan los vínculos, las relaciones, las preocupaciones, los deseos y las expectativas de unos y otros. ¡Las personas son algo más que un número!
Pero ¡atención! El éxito no se entiende sin las personas que forman parte las organizaciones, y ellas, a su vez, son el resultado de sus emociones. Resulta entonces incuestionable que cualquier organización que quiera mejorar debe poner los medios para ayudar a las personas a gestionar, que no controlar, sus emociones.
Otro concepto que me parece muy importante, es el bautizado en el año 1967 por el psicólogo Martin Seligman con el nombre de “Indefensión Aprendida”. El autor la define como la pérdida de la capacidad de la persona para ver sus conductas de afrontamiento como algo útil y eficaz para poder vivir en la inquietud, en la inseguridad. Se podría resumir en que “hagas lo que hagas estará mal”, “Hagas lo que hagas no solucionarás nada”. El resultado siempre será el mismo.
Las personas que pueden causar indefensión aprendida son aquellas que teniendo influencia sobre la persona realizan juicios de valor sin más. Esa ausencia de control sobre lo que nos acontece es angustiante y muy limitante. Este fenómeno psicológico secuestra absolutamente nuestra capacidad de acción y reacción. “Tú no tienes el control, lo tengo yo”.
Creo oportuno traer en este momento a la reflexión la Tesis Orteguiana “yo soy yo y mi circunstancia”. Para el gran filósofo español Ortega y Gasset, la circunstancia es el entorno en el que uno vive o desempeña su labor profesional. De ahí que la frase continua: “… y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Salvar al otro es sacar a la luz la realidad. Cuando esa realidad pasa por darlo todo sin quedarse nada, tenemos que ser fuertes y refutar la preocupación y ratificar la ocupación. Es decir, sabiendo lo que nos preocupa, ocupémonos de darle respuesta para evitar que esa emoción negativa se apodere de nosotros.
Refrendaba líneas atrás que el futuro es incierto. Por eso, es fundamental aprender a navegar en la incertidumbre. Este argumento se relaciona inequívocamente con la “capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades, aprender de ellas, superarlas y salir transformados”. Es a lo que se denomina Resiliencia.
No se trata de resistir, sino de sobreponerse a las situaciones adversas de la vida y salir transformado. El “primer golpe” duele, pero lo que más duele es el “segundo golpe”, es decir, la manera en la que afrontamos el primero, porque nadie nos puede quitar la libertad de cómo responder a ese contratiempo.
En los periodos de crisis, cuando la incertidumbre se hace más omnipotente y las emociones son más difíciles de gestionar, se puede comprender que atender al propio interés es una señal de absoluta irresponsabilidad. Cierto es que la predisposición de ayuda está presente en muchos seres humanos, pero no podemos ni debemos eludir referirnos a otros que únicamente atienden a su propio interés. La persona egoísta es indiferente en todo lo que respecta a los demás.
Egoísta es aquél o aquella que “salta del barco y sálvese quien pueda”. Pero, aún peor es el egotismo, que es una forma exagerada de egoísmo: el culto al “yo”. Este posicionamiento abre el camino a una actitud de indiferencia hacia los sentimientos de los demás, que incluso puede llegar al “cinismo”. En algunas ocasiones, los “otros” son literalmente “barridos”.
Hablaba del coraje, de la honestidad, de la empatía, de la pasión…, pero es necesario hacer mención también de dos dominios irreemplazables en las relaciones interpersonales, tales son: la confianza y la sinceridad. Una no puede vivir sin la otra.
Reconozcamos que la peor de las mentiras es una media verdad. Las medias verdades generan desconfianza y cuando ésta se pierde, se sobresaltan las emociones negativas y se acaba la relación. Yo admiro a las personas que buscan permanentemente la verdad y, una vez conocida la acogen y practican. Ya escribió Confucio que “saber lo que es justo y no hacerlo es la peor de las cobardías”.
En situaciones de incertidumbre, aquellos que “juegan” con las emociones de otras personas utilizando estrategias manipuladoras podrán quizás alcanzar sus pretensiones a corto plazo, pero a la larga las caretas se caen y ellos y quienes les secundan acaban dejando a la vista sus miserias y mezquindades. Triste, verdad.
Como no deseo dejar “tatuada” la tristeza en vuestros corazones os propongo buscar la esperanza. ¿Sabéis que el símbolo universal de la esperanza es el ancla? Os planteo que unidos nos sujetemos en él para a partir de ahí poder desplegar toda nuestra fuerza y convicción en pos de una vida con sobresaltos, sí, pero con emociones positivas que nos permitan afrontar una vida mejor. Y concluyo con una frase que me quedó grabada e intento que esté siempre en mi presente: “Es emocionante saber emocionarse” (Roberto Aguado, 2014).